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jueves, 20 de agosto de 2015

Hasta pronto Chile. Hola España.




´´Un año en Latinoamérica resumido en menos de diez minutos, dicen que una imagen vale más que mil palabras. 
Me vienen a la cabeza muchas cosas cuando veo estas fotos, demasiados nombres, una lista enorme de anécdotas... he aprendido muchísimo. Espero volver pronto por esas tierras.´´


Han pasado muchos meses desde la última vez que me puse frente al ordenador con la intención de compartir mi aventura por Latinoamérica. Así que mil perdones, intentaré ponerme al día en breves. El tiempo no ha afectado a mi memoria, ya que el viaje que hice jamás lo olvidaré. A veces todavía no me creo que estuviese en todos esos países, alejada de mi familia, conociendo gente con historias interesantes, aprendiendo cosas de nuevas culturas, viajando por un continente desconocido y con mi fiel acompañante: una mochila. Desde luego es una gran experiencia para alguien que comienza la veintena. No existen más límites que los que nos ponemos nosotros mismos, siento que suene a frase de ´´libro de autoayuda´´.

Las cosas han cambiado, de hecho escribo estas líneas desde el otro lado del charco. El 29 de julio regresé a España; me despedí de mi querido Chile. Nunca se me ha dado muy bien hablar en público, de hecho prefiero escribir, por lo que unas horas antes de dirigirme al aeropuerto redacté un documento word en mi ordenador contando todo lo que estaba pasando por mi cabeza en aquel momento. Todavía no lo he hecho público así que lo corto y pego a continuación: 


29 de julio del 2015.

Maleta cerrada. Mi tiempo en Chile ha terminado, debo regresar a España y poner 13.000 kilómetros de distancia. Es extraño lo que estoy sintiendo en este momento: rabia, pena e impotencia porque me tengo que ir y alegría por saber que volveré abrazar a mi familia y amigos. Han cambiado muchas cosas desde que puse un pie en este país, yo he cambiado. No sé por dónde empezar...

Salí de España un 22 de julio, hace exactamente 372 días. Como buena gallega decidí probar suerte en otro país, en un continente lejano del que prácticamente no sabía nada. La morriña ha estado presente, las ganas de comer algo de casa, un abrazo de mis seres queridos o escuchar algo con esa retranca gallega que nos caracteriza. No era la primera vez que me iba de casa. Me fui a vivir sola  hace ya cuatro años, tan solo tenía diecisiete, era ingenua y lo único que quería era irme de un pueblo aburrido en el que serías juzgado por todo lo que hicieses. Decidí cambiar de instituto, conocer gente nueva y compartir piso con cuatro universitarias que no había visto en mi vida. Me separaban 30 kilómetros de la casa de mis padres, pero ya comenzaba a sentir eso llamado libertad. En ese momento jamás pensé en lo que me depararía el futuro en unos cuantos años más. 

Comencé a ser más sociable, a reírme de mí misma, compartir cosas con otras personas, salir de fiesta en la zona vieja de Santiago de Compostela como si ya fuese universitaria, atreverme a ir a viajes del instituto en los que no conocía a nadie y forjar amistades que hasta día de hoy continúan. La pequeña Laura comenzaba a salir del cascarón. 

Pasados los nervios de Selectividad, unos exámenes absurdos, tocaba tomar una importante decisión sobre mi futuro: ¿Qué carrera estudiar y en qué universidad?. Recuerdo que dudaba entre Sociología e Historia, mi razonamiento me llevaba a la primera opción lo cual había querido desde los trece o catorce años. Así que ignoré todo lo que me dijeron otras personas e hice caso a mi instinto y lo que me repetían mi madre, mi abuela y mi hermano: ´´Tú haz lo que te dé la gana, algo que te guste y te motive´´. Me matriculé en la Universidad Complutense de Madrid en Sociología, de lo que a día de hoy no me arrepiento aunque en algunos momentos haya dudado. 

Laura hizo las maletas, su segunda mudanza y esta vez a la capital de España a 600 kilómetros de casa. Dejaba a mi familia, mis amigos y mi novio en aquel momento. Pero sabía cuáles eran mis prioridades u objetivos: matarme a estudiar en una universidad de prestigio para intentar ser la primera. Aprender, no memorizar, espabilar y disfrutar de esa etapa que apenas comenzaba. Tuve mis altibajos, mis alegrías y el apoyo de las personas que me importan.

Al terminar ese año tuve que tomar una de las decisiones más importantes de toda mi vida. Mi hermano comenzaba su master en Reino Unido y no podíamos hacer frente a todos los gastos. Mi familia pretendía meterse en un préstamo que jamás podríamos pagar y yo me negué. El segundo año de universidad volví a Galicia, a una universidad peor, con la esperanza de volver a Madrid cuando el PP tuviese en cuenta la capacidad de una persona para estudiar, no los números de su cuenta bancaria. Un gobierno que no invierte en becas fue el culpable de mi regreso, al parecer tener dos hijos en la universidad es un lujo que una madre obrera no se puede permitir. 

Pasé un año con muchos altibajos, repudiaba la universidad en la que estaba pero amaba estudiar sociología. Para mí era una gran oportunidad continuar haciendo lo que me gustaba aunque no fuese en el lugar que había elegido y sabía que mi hermano estaba cumpliendo un sueño al estar en Reino Unido. Ahorré, continué comiendo fideos todos los días, adelgacé, me centré en pasar tiempo con mis amigos y mi familia y jamás paré de esforzarme para sacar las mejores calificaciones que pudiese. Me fue bien, pero me faltaba algo. Me tiré a la piscina; solicité un Erasmus Bilateral por un año (Intercambio fuera de Europa) para Chile, México o Argentina (Por ese orden) y una beca para trabajar con una ONG en Nicaragua durante tres meses. 

Conseguí una plaza en la Universidad de Viña del Mar (Chile) y me concedieron la beca para ir a Nicaragua pero coincidían los meses. Renuncié a la ONG, aunque en realidad aplacé algo que espero hacer pronto. Era un hecho, realizaría toda la burocracia necesaria y me largaría a Chile. En esta ocasión serían 13.000 kilómetros de distancia, ya no 30 o 600. Acababa de tirarme directamente al vacío y sin paracaídas. Las posibilidades eran llevarme la hostia del siglo (Perdonar mi lenguaje) o pasar el mejor año de toda mi vida. La primera opción no me gustaba, así que me empeñé en que fuese la segunda, aprovechar la oportunidad que se me brindaba y hacer que cada día  fuese diferente al anterior. En efecto, no me equivoqué. Ha sido un gran año en el que me he perdido, me he encontrado, he madurado, he aprendido, he reído, he hecho cosas de las que no me creía capaz… he vivido una gran experiencia. 

Subí a un avión en el aeropuerto de Santiago de Compostela que irónicamente me llevaría a Santiago, pero el de Chile. Estaba nerviosa, mis padres también. Los últimos días habían sido extraños, celebré mi 20 cumpleaños (Diez días antes de mi partida) con mi familia en la casa de la aldea de mi abuela y después me despedí de mis amigos en Ortigueira donde pasamos una semana. Sabía que me iría al otro lado del Atlántico, pero aquella historia parecía pertenecer a otra persona. Hice mi maleta apurada, sin saber muy bien qué llevar y lo necesario para pasar un año en un país del que conocía su localización en el mapa, quién era Pinochet y que la gente hablaba raro porque lo había buscado en youtube. Supongo que éso es lo que más me atrajo, no sabía qué me deparaba el futuro en un lugar del que no sabía nada. Era un reto, una prueba que a mis 20 años tenía que pasar y una experiencia que recordaría siempre. 

Despedida en Ortigueira


Despedida en Ortigueira


El 22 de julio me desperté a las cinco de la mañana. Recuerdo que observé mi habitación para guardar en mi memoria cada detalle, sonreí y me di cuenta de que al fin el día había llegado. Me llevaron al aeropuerto mis padres, recuerdo que mi madre solo sonreía y que mi padre decía tonterías, pero ambos estaban nerviosos por mi partida al igual que yo. Pusimos música en Rock FM. Llegamos. Aguanté las ganas de llorar, mi madre solo sonreía y mi padre se hacía el ausente. Me abrazaron, no nos despegábamos ninguno de los tres. Les dije que debía entrar, pasé el control, me giré y los vi por última vez en un año sin ser a través de una pantalla. Un avión de Ryanair me llevó a Madrid, mi primera escala. Creo que me dormí durante el trayecto, estaba familiarizada con ese viaje. 

En Barajas saqué mis maletas, caminé hasta la T2 y facturé de nuevo en Air France. Esta vez sí que se me hacía raro, nunca había volado con esa compañía. Subí en el avión, puse música y de pronto me puse a llorar pero no de tristeza o miedo, simplemente incertidumbre porque no sabía lo que me deparaban los próximos doce meses. Llegué a Santiago de Chile el 23 de julio a las siete de la mañana, pasé de verano a invierno. Por primera vez en mi vida declaré en una aduana, pasé los controles de inmigración como inmigrante en un país latinoamericano, recogí mi maleta y pisé suelo chileno. Saqué dinero en un cajero del aeropuerto, me reí al ver los billetes porque me parecían de mentira. Subí en un autobús, tiempo después aprendí que le llaman micro, y observé la ciudad. Mi hostel estaba cerca de la Alameda, uno de los lugares más feos e hizo que tuviese una imagen de Chile del estilo: ¿Dónde mierda me he metido?. Pasé dos días en esa habitación, acostumbrándome al cambio de hora y al frío propio del invierno. 

Tomé el metro con mis dos maletas, sentí odio hacia la humanidad y me sorprendió que varias personas me ayudaron a bajar con ellas por las escaleras. Tomé, en este país he aprendido a no decir coger, un autobús a Viña del Mar. Fueron casi dos horas de viaje, estaba pegada a la ventana viendo y fijándome en los pequeños detalles. Me alojé en un hostel cinco días y busqué piso, finalmente fui a vivir con unos mexicanos. Uno de ellos se convirtió en un hermano para mí. Pronto comenzaron mis clases, de un día para otro debía ser chilena, conocer su historia, hablar como ellos e imitar su comportamiento. Las primeras semanas ponía mucha atención porque todo era nuevo para mí, el modo de evaluar (Del 1 al 7), la materia, el enfoque sociológico desde una postura regional… directamente no me enteraba de nada y temía fracasar. Me esforcé, estudié mucho y me fue bien. Por fin la Universidad se basaba en práctica y en aprender cosas nuevas cada día, grupos reducidos, profesores motivados y compañeros sociables. Cómo se pretende ser un buen sociólogo si nunca has salido de tu país, de tu continente y haberte alejado de todo. Estaba motivada y decidida a pasarlo en grande. Venir a Chile supuso muchos cambios; vivir lejos de mi familia y amigos, romper con mi primer amor y mi novio de los últimos tres años, conocer gente nueva de intercambio y despedirme de ellos cuando se fueron el próximo semestre, cambiar de costumbres (Hasta el punto en el que en este país no se caga igual que en España, aquí el papel higiénico va a una papelera no al wc)… Pero sin duda no cambiaría nada, no me arrepiento , ha sido una nueva etapa y no me quiero ir de Chile. 

Los meses pasaron muy rápido, entre fiestas, horas de estudio, viajes y compartir con nuevos amigos. De pronto estábamos en diciembre, me despedí de mi hermano mexicano porque su intercambio terminaba. Ambos odiamos las despedidas, lo acompañé al terminal de autobuses, nos abrazamos y cuando subió no miré atrás. Se acababa de ir mi confidente de los últimos cinco meses, una de las personas con las que más me he reído en Chile, el que mejor me conocía, el que ponía una extraña cara con mis ocurrencias y jamás me juzgó. Lucho se había ido y en unos días yo recorrería Latinoamérica sola. 



Me despedí de los amigos que había hecho en esos meses, con los que he compartido asados, fiestas y anécdotas. A este lado del mundo es fácil tomarle cariño a alguien, nunca me hicieron sentir como una forastera y cuando he necesitado ayuda ahí han estado. Con alguno me ha tocado vivir momentos extraños, marcados por las risas o noches de confidencias.

El 20 de diciembre puse una mochila a mi espalda, llena de expectativas y energía. A mis 20 años iba a recorrer Latinoamérica, por dos meses estaría caminando sola y en cada lugar haría nuevos amigos. Me daba miedo esa aventura que había brotado de mi cabeza, no sabía cómo me lo pasaría o qué sucedería. Todos me dijeron que estaba loca, que era peligroso, que buscase a alguien con quien hacer ese viaje o que era joven y mejor hacerlo en otro momento. El momento era ahora, la oportunidad se me había presentado y me daba igual lo que me dijesen. De nuevo me tiré a la aventura, con Laura es todo o nada. 






Pasé unas Navidades totalmente atípicas, con unas personas que casi no conocía pero con las que sentía que estaba entre amigos o en familia. Como he dicho, es difícil no querer a alguien de esta parte del mundo. Tal vez no tengan mucho, pero lo que tienen lo comparten y siempre son amables y simpáticos. Mi viaje comenzó por Argentina, un país del que solo conocía los tópicos, lo recorrí en autobús como hice todo el verano. Jamás había pasado tantas horas en la carretera, mi récord está en 33 (Arica-Santiago). En fin de año estaba en Buenos Aires, irónicamente con un antiguo compañero de la Complutense. Después me pasé a Uruguay, hice couchsurfing y en cada ciudad conocí a personas con alguna historia interesante. De ahí me encaminé hacia Brasil, dos semanas y media de muchas anécdotas. En Paraguay pasaron gran parte de mis aventuras más extrañas de todo mi verano. Por el Norte de Argentina llegué a Bolivia, por fin no tendría problemas de dinero, conocí a más personas y me lo pasé genial. Todos los días implicaban una sonrisa en la cara. Y mi último destino: Perú. Un gran verano, toda una serie de aventuras que me han hecho cambiar, espabilar, ser más positiva y valiente. 

El segundo semestre viví con una chilena y un alemán de intercambio. Lo que han visto las paredes de este departamento no lo ha visto nadie. Es tan surrealista lo que ha pasado aquí que daría para varias películas, que desde luego serían un éxito en taquilla. Tania me presentó a muchas personas, con las que cada una guardo alguna historia interesante y digna de ser recordada. Desde ´´yo no juzgo´´, ´´ está sobrevalorado´´, ´´podría haber sido cualquiera´´, ´´todo tiene solución´´, ´´a tomar por culo´´, ´´ay cona´´, ´´sentido arácnido´´, ´´mi pichurriña´´, ´´csm que te saco la chucha´´, ´´mi yo futuro se preocupará de eso´´, ´´yo no venía a esta weá´´, ´´salmón de emergencia´´, ´´permisito´´, ´´¿Chiquillos tienen fuego?´´… Miles de momentos llenos de risas, un nivel de confianza extremo, muchos modelos indignos de andar por casa, hábitos masculinos en supuestas mujeres, dolores de guata por estar riendo, conferencias con México a horas indignas, asaltos a su cama a las cinco de la mañana para escuchar sus consejos o su opinión, descubrir por culpa de esas escaleras que nuestra condición física apesta, aprender a tomar pisco con dignidad y apreciar el variado mundo de la cerveza, reírme porque no sabes utilizar palabras españolas/gallegas como: Descojonarse, hostia, cona, me la pela…



La lista de personas de las que me gustaría despedirme es larga, con cada una he pasado algún momento memorable o he aprendido algo de ellos. Echaré mucho de menos esto, el vivir esta constante aventura y odio abandonar a la gente que durante un año ha sido como mi familia. Personas que han estado permanentemente ahí y a los que jamás les podré agradecer lo que hicieron por mí, por ejemplo acudir en mi ayuda cuando más los necesitaba y responder una llamada de teléfono sin importar la hora. Algunos desaparecerán de mi memoria y al recordar a otras personas simplemente sonrío, porque he vivido momentos maravillosos con ellos que no cambiaría por nada. Hay historias que comienzan de la forma más soez y absurda posible; puede ser persiguiendo una micro, durante una canción de Arctic Monkeys, tomando las cervezas más baratas del supermercado o que te ´´salven´´ de  Buzz Lightyear. La mejor… la última; por haberme devuelto a mis 17 años y conocer a una gran persona a la que echaré mucho de menos, por su habilidad de hacerme reír en el momento adecuado y aceptarme tal y como soy. Ya he dicho que con Laura es todo o nada, volvería a tirarme a la piscina… ´´¿Y qué le vamos a hacer?´´ (Voz del tipo de Los 80). 








Este capítulo se termina, sin saber qué me depara el futuro y a dónde me dirijo. Me siento impotente al saber que debo regresar y no puedo evitarlo, mientras que por otra parte estoy contenta. Es algo muy raro. En unas horas estaré subiéndome a un avión que me llevará a Bogotá, mi primera escala, y de ahí de vuelta a la realidad. Puede ser que mi próximo destino sea Chile de nuevo, nunca se sabe y de verdad deseo volver a un país que me ha dado tanto y al que he querido como propio. Desconozco qué se me ocurrirá de aquí a un año, me conozco y sé que volveré a hacer las maletas; puede que incluso más lejos de 13.000 kilómetros. Mis aventuras pueden continuar en Chile, Argentina, México, Dinamarca, Reino Unido, Canadá, China, Australia o Botswana; no tengo ni la más remota idea. Solo hay una vida y pienso hacer con ella lo que me plazca y luchar para que cada día no sea una fotocopia del anterior.

Me llevo miles de cosas conmigo y agradezco haberme encontrado con cada persona con la que he compartido algo este último año, de todas las experiencias he aprendido. Odio las despedidas, así que diré un ´´hasta pronto´´ porque me voy con la promesa de regresar a la que considero mi segunda casa, por supuesto Galicia siempre estará primero :)

Con mis padres después de un año.


Mi primera Estrella Galicia después de un año


Regreso a Galicia


Comida de la abuela



Ha sido difícil volver a adaptarme a ´´mi casa´´, pero estoy en ello. No me cabe ninguna duda de que haber pasado un año fuera de mi zona de confort, ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en toda mi vida. Es muy gratificante y motivador ver que tus metas se cumplen, aquellas que tiempo atrás parecían inalcanzables. 

Recuerdo a una niña de pelo corto, una gran sonrisa, extremadamente tímida, no levantaba dos palmos del suelo, era la que más odiaba el colegio y la campeona inventando enfermedades para no ir. Pero lo que más la caracterizaba es que era terca y tozuda, no paraba hasta alcanzar lo que se proponía. ´´Mi pequeña yo a los 5 años´´ le repetía constantemente a mi madre que quería vivir en esas tierras lejanas: Latinoamérica. Un continente del que había escuchado muchas cosas, unas buenas y otras malas (los prejuicios llegan a todos los lugares del planeta), pero sin saber muy bien la razón desde mi infancia me cautivó y esperaba el día en el que subiese en un avión para cruzar el Atlántico. 

Mi madre creía que eran cosas de niños y que con el tiempo cambiaría de opinión; estaba completamente equivocada. Tuvieron que pasar varios años para tener la oportunidad de dar este gran paso. Ella respetó mi decisión y toda mi familia y amigos me apoyaron en esta aventura, haciendo posible cumplir este anhelo. Para disgusto de ellos, cuento los días que restan para volver a ver Los Andes desde el aire. Me conocen perfectamente y saben de sobra que mis decisiones son firmes y me he prometido regresar en algún momento, espero que pronto. 

Una de mis fotos preferidas. Sobrevolando Los Andes.

Además -tal y como he dicho en numerosas ocasiones- España sufre una profunda crisis económica, social y política, causando que muchos jóvenes abandonen el país en busca de oportunidades. Mi lista de amigos recién licenciados, o los que llevaban tiempo buscando trabajo, que han subido en un avión de Ryanair con destino a Londres, Berlín, París, Dublín... es muy larga. A mí siempre me gustó la idea de vivir en otro país, amo Galicia pero mis horizontes están más allá de estas montañas. Sin embargo, es lamentable ver la situación en la que se encuentra mi patria debido a problemas estructurales, malas políticas, gobernantes nefastos, la desinformación... Afortunadamente tengo la oportunidad de seguir estudiando y en un año me licenciaré, llegado ese momento pensaré qué hacer con mi futuro. La opción más probable es regresar a Latinoamérica para buscarme la vida al igual que hicieron otros gallegos mucho antes que yo, y como he dicho antes, sueño con volver a ver Los Andes a través del cristal de una ventanilla de avión.